Una caravana de mercaderes del gremio de contrabandistas del bajo mundo llegó al patio interior bajo la protección de la noche.
Cargaban con cajas de pociones de maná concentrado, cristales mágicos de recarga rápida y rollos de teletransporte de emergencia.
—Nuestros precios son innegociables para el ejército demoníaco —declaró el comerciante con cabeza de rata, frotándose las patas delanteras con avaricia.
Vermud sacó una carta oficial sellada por la cámara de comercio imperial de los humanos.
—Sé exactamente cuánto pagan ustedes por estos suministros en los mercados del sur —dijo Vermud con frialdad—. Les ofrezco un margen del quince por ciento sobre el costo base con exención de impuestos en todo el territorio del castillo. Tomen la oferta o dejaré que los ogros inspeccionen sus carretas en busca de contrabando no declarado.

