La sala del trono del tercer piso estaba decorada con cráneos de monstruos gigantescos y alfombras púrpuras que desprendían un leve olor a azufre y cera de velas.
Vermud probó el asiento de piedra pulida. El respaldo era excesivamente rígido y los reposabrazos tallados en forma de gárgolas se clavaban incómodamente en sus codos.
—Un verdadero Rey Demonio no se queja de la ergonomía —gruñó Gram, el comandante ogro de la guardia de honor, cruzando sus enormes brazos musculosos—. Lo importante es que cuando los humanos entren por esa puerta doble, sientan que están frente al soberano supremo de la oscuridad.
—Lo que van a sentir es lástima si me ven con dolor de espalda —replicó Vermud, sacando un cojín de plumas de su mochila y colocándolo sobre el trono—. Además, si voy a morir aquí dentro de tres meses, al menos déjenme esperar al Héroe con un mínimo de comodidad.

