El contrato laboral sobre la mesa de caoba parecía bastante sencillo a primera vista: salario mensual garantizado, alojamiento en un castillo fortificado y tres comidas al día provistas por el ejército demoníaco.
—La única cláusula especial —dijo la secretaria súcubo, señalando el último párrafo con una uña pintada de negro— es que cuando el Héroe legendario cruce la puerta principal, debes permanecer sentado en el trono con expresión imponente y permitir que te atraviese el pecho con la Espada Sagrada.
Vermud suspiró hondo mientras releía el documento. Había aceptado el puesto de «Rey Demonio Sustituto» porque la paga era diez veces superior a la de cualquier trabajo en la capital humana, pero nadie le había advertido sobre las complicaciones logísticas de dejarse asesinar profesionalmente.
—¿Y qué pasa si decido esquivar el golpe? —preguntó Vermud con curiosidad.
—En ese caso, la prima de riesgo se cancela y serás ejecutado por los cuatro generales celestiales antes del almuerzo —respondió ella con una sonrisa encantadora.

