El hangar de pruebas de la Ciudad de Nunca Jamás vibraba con el estruendo de un motor de combustión interna de cuatro cilindros.
Tilly Wimbledon y las brujas de la Isla Durmiente observaban la estructura de tubos de acero y lona tensada.
—¿Estás diciendo que esta máquina puede volar sin magia? —preguntó Tilly.
—La física no discrimina entre magos y personas comunes —respondió Roland—. El cielo deja de ser un monopolio de las criaturas mágicas para convertirse en el nuevo territorio de la humanidad.

