Las antorchas iluminaban las almenas del castillo mientras el viento de la montaña traía el rugido distante de las bestias en los bosques circundantes.
Vermud se apoyó en el parapeto de piedra, contemplando las estrellas titilantes en el cielo nocturno.
Faltaban pocas semanas para que el Héroe y su séquito alcanzaran las puertas principales. Todos los preparativos estaban en su lugar: las trampas estaban cebadas, las líneas de diálogo estaban memorizadas y el testamento con sus ahorros estaba a salvo en el banco neutral de los gnomos.
—Solo un trabajo sencillo de ser derrotado por el héroe —murmuró Vermud para sí mismo con una sonrisa tranquila—. Espero que valga cada moneda de oro.

