Las campanas de alarma sonaron en la torre este al amanecer. Una patrulla de exploradores de la vanguardia real había sido avistada en el valle de los sauces marchitos.
Vermud subió a las almenas acompañado por Gram y la plana mayor del castillo. A través del catalejo mágico, pudo ver a una docena de caballeros montados en caballos de guerra blindados, examinando el puente levadizo exterior.
—¿Damos la orden de desplegar a los arqueros orcos? —preguntó Gram con la mano sobre la empuñadura de su hacha de guerra.
—No, dejen que se acerquen al foso y disparen solo flechas de advertencia cerca de sus monturas —ordenó Vermud—. Queremos que regresen al campamento principal con un informe preciso sobre la posición del castillo, pero sin sufrir bajas que provoquen represalias prematuras.

