La lluvia torrencial caía sobre el patio de armas del castillo de Valen. Albrecht limpió la hoja de su mandoble antes de enfundarla en su espalda.
Frente a él, el conde von Kessler permanecía de rodillas sobre las losas de piedra mojada.
—¿Crees que esto te dará el derecho a gobernar, bastardo? —escupió el noble con desprecio.
—Los señores del norte no necesitan aceptarme —respondió Albrecht—. Solo necesitan temerme lo suficiente como para no desobedecer mis órdenes.
Extendió la mano y tomó el sello ducal de oro.

