El convoy militar del ejército japonés avanzaba por la carretera principal del continente fantasía, sus vehículos blindados modernos contrastando de manera absurda con los carruajes tirados por caballos que se apartaban aterrados a los lados del camino.
Kazuya Nagato observaba el paisaje medieval desde la torreta del vehículo de mando, sosteniendo un rifle de asalto tipo 89 que habría sido imposible de explicar a los habitantes de este mundo.
—Teniente, informes del escuadrón de reconocimiento —dijo el sargento Tanaka, entregándole una tableta militar—. Han detectado un ejército de orcos a quince kilómetros al norte. Estimación: entre tres mil y cinco mil unidades.
Kazuya revisó las imágenes del dron de vigilancia y asintió.
—Preparen las posiciones de artillería y desplieguen los morteros de 120mm. Cuando estén a rango efectivo, abriremos fuego. Que los tiradores de precisión cubran los flancos.

